Ana Pérez Cañamares

Siete poemas de Ana Pérez Cañamares – 18ene – by Literaturbia

La poesía no se vende, se defiende. Ana Pérez Cañamares (1968) nació en Santa Cruz de Tenerife y vive en Madrid. Enarbola una poesía como arma de rebeldía, como una genealogía de lo cotidiano y sus aristas, un muro de versos cómplices en los que cabe el sexo, la muerte, las ciudades, la familia, la precariedad, la memoria, una pistola contra un sistema podrido que aplasta y asfixia. Sus libros son rincones donde (re)conocerse como espejos de bolsillo, con ternura y crudeza.

Ha participado en numerosas antologías de relato y poesía. Entre otras: Por favor sea breve; Beatitud. Visiones de la Beat Generation; Al otro lado del espejo. Narrando contracorriente; Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski; 23 Pandoras. Poesía alternativa española; La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer; Tiros libres. Relatos de baloncesto, o En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis.

La amplia obra de Ana Pérez Cañamares abarca libros de relatos En días idénticos a nubes y los poemarios La alambrada de mi boca (2007), En días idénticos a nubes (2009), Alfabeto de cicatrices (2010), Entre paréntesis (2012), Las sumas y los restos (2013), Economía de guerra (2014), De regreso a nosotros (2016), Ley de conservación del momento (2016) y El espejo discreto (2018). Parte su obra poética han sido traducida al inglés, griego, polaco, croata y portugués. Desde 2006, administra el blog El alma disponible.

Hoy, compartimos en Poetizando siete de sus poemas. Pero te avisamos: una vez leas a Ana Pérez Cañamares no te la podrás sacar de las tripas.

Siete poemas de Ana Pérez Cañamares

Me arranco las bragas
negras de la tristeza.
Las dejo al pie de la cama
como un perro roto.
Ya se compondrá después
cuando haya que disfrazarse
para la alegría o la nada.
(De Economía de guerra)

Mientras todos acuden a la cafetería,
en el lavabo llora un funcionario
Isabel Pérez Montalbán
Para Daniel Macías y Mar Herrera
No soy esta que veis palidecer
bajo el fémur tibio del fluorescente.
Tampoco la mujer que oye dar las tres
como el gong del martillo absolutorio
o la bala de un fusil encasquillado.
Ni la que escribe frases sin amor
y firma igual que quien mata una mosca.
Ocupo mi silla antes de que el sol
me bendiga la frente con un beso
y salgo a la calle infiel y huérfana.
Toso el virus de la resignación
cuando el mar es un rumor clandestino
y los lirios burlas del carcelero.
Soy quien sueña llegar a la vejez
para dejarse adoptar por gallinas
y vivir en la luz de las mañanas
que ahora abandono en la casa de empeños.
(De Economía de guerra)
.
GENERACIONES
Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.
Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.
(De La alambrada de mi boca)
*
Abro la mirada hasta la profundidad del pozo
que se traga mi nombre que engulle
la multitud de las dos de la mañana
veo muy bien su deriva de barcos
su desorientación de delfines
nadando desesperadamente
al filo del fin del mundo
adivino la impaciencia del durmiente
con la casa amueblada de voces
las jóvenes van vestidas
para los funerales de su infancia
y ese chico que pasa en bicicleta
con los músculos a punto del guepardo
pedalea hacia la colcha que colorea su cansancio
la calle hierve y nadie me ve
siempre vivimos todos
un poco anclados en un lunes
un poco con el ritmo roto
de guijarros arrancados al lecho
venís hacia mí pequeños planetas
ternuras torpes de tatuajes y pintalabios
y yo no puedo daros más que mi mirada
romperos el currículum
abrazaros la biografías
nada de lamer manos
nada de soltar mordiscos
soy un perro por fin indiferente
soy un dios con dolor de pies
soy el nadie al que no adeudais nada
soy el espejo discreto
del bar al que vais los vampiros.
(Inédito)
*
Existe una corriente que no se nombra:
no hay palabras para dar a luz el agua.
Por qué vía arribar al envés
donde nos levanta lo invisible.
No te conté nunca de aquella ocasión
en que te vi tan bello que no pensaba
en sexo, sino en ángeles.
Más tarde quise follarte como quien
recoge flores silvestres, pero no me atreví.
Desnuda de nosotros preparé el desayuno.
Una noche oí llorar a un niño
y deseé ser Herodes, y después
una madre piadosa que cocinara el cansancio.
La distancia ahogó el llanto.
Y no le digo a nadie de este deseo loco
que no sé si es de vida o de muerte
o de una inmortalidad que me atraviesa
la garganta como una espina de pescado.
Como si un barco me esperara
como si mi corazón fuera una bomba
como si un perro gimiera por mí
o el mar que no respiro supiera la respuesta.
Da miedo saber que sabéis de lo que no hablo.
Da miedo saber que hay tanta fiesta
en la que bailamos solos al compás
de una música que nadie toca lejos.
Bajo el mar los icebergs son palacios
con salones del tamaño de mazmorras.
Nos decimos, nos besamos, comemos y somos
en la superficie donde casi nada pasa.
Y cuando nos sacude un maremoto
apenas recordamos que el destino
del palacio era hundirse y arrastrar
la paz de la piel en su parábola.
Sólo mostramos el índice:
el resto del libro está escrito con agua y sal.
Siempre estamos todos en otro sitio.
(Inédito)
*
HIJO MÍO
Que soy libre, me dicen.
Pero si quisiera tener otro hijo
tendría que llevarlo al Banco de la esquina
porque suya es mi casa.
Mi niño llamaría padre al director
y madre a la cajera
aprendería a andar con una silla de oficinista
dormiría en un cajón del archivador
y yo sólo sería un pariente lejano
que le sonreiría desde mi puesto en la cola.
Me pasaría de vez en cuando con la excusa de ampliar la hipoteca
sólo para ver qué tal me lo crían
cómo le afecta el aire acondicionado
si sabe poner un fax
y si el director le regala un juego de sartenes
por su cumpleaños.
(De La alambrada de mi boca)
*
Para Varsovia
Estoy tomando una cerveza
frente a lo que fue tu casa.
Ahora tu casa es un símbolo
y los símbolos no son habitables.
Para ti debió de ser
lo que nunca tendrían
que dejar de ser las casas:
entrechocar de platos
risas que estallan
sábanas estiradas para proyectar
la película velada del sol:
una película que habla de felicidad
o cuanto menos
de la seguridad de un refugio.
Refugio del trasiego y los ruidos de la calle.
Nunca del horror.
A través de los visillos
el horror no se presupone.

Me cuentan historias. Soldados
lanzando niños a través de las ventanas.
Soldados cortando barbas y patillas
a navaja, en la calle, carnavales de humillación.
Me cuentan historias, pero tu casa
no parece propiedad del infierno.
Está vieja, sí, y hay algún agujero de bala
bajo un alféizar, como marcas de los dedos de dios
al hundirse en arcilla. Distinguiendo
a los elegidos de los condenados.
A pesar de todo, como todas las casas,
sigue teniendo algo
de tierno y de inexpugnable.
Estoy bebiendo una cerveza.
No a mi salud, ni a la tuya.
¿Qué podría decir de ti?
De ti no tengo recuerdos
y siento pudor de imaginarte.
Tengo memoria de la humanidad.
Aún la tengo. Y tengo también una casa.
La recuerdo ahora: los platos
las sábanas, las cortinas, la puerta:
el foso que ningún ejército
ha puesto a prueba. Los tesoros
que me delatan como ilusa propietaria.

Pero más allá o más acá de las casas
hay un lugar. Un lugar que
aunque queramos compartir
aunque quieran invadir
no es un territorio ni una ruina.
Es el lugar al que escapaste
un segundo antes de que la puerta
fuera derribada. O un segundo después.
Cuando comprendiste que las casas
pueden parecernos un universo
pero ni siquiera son un país.
Y un grito en otro idioma
las derrumba como cabañas de paja.
No soportan la violencia de los extraños.

Tiene que haber un lugar.
El lugar que no me revela tu foto.
El lugar que otros no destruyen
con palabras o con bombas.
Rata allí no significa nada.
El dolor puede nublarlo
pero no lo tapia.
Es el gueto que levantamos
dentro de nosotros.
La tumba que elegimos ocupar.
No la que nos señalan.

El búnker dentro de ti.
(De Las sumas y los restos)

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